Inevitablemente llega el frío envolviendo con su lúgubre abrazo hasta el más pequeño de los detalles.
Brillante escarcha mañanera rociada por la verdosa vegetación, taciturna niebla bailando en el ambiente matinal, viandantes que cabalgan a paso ligero con gruesas capas de ropa, tímidos rayos del amanecer asoman por los rincones jugando a ser encontrados. Dulce silbar de frágiles gorriones llegan a mis oídos desde las frondosas copas de los árboles; nubes casi invisibles danzan al son del compás en el viento cortante.
Rostros adormecidos, ojos que se niegan a despertar, ropa fría entrando en contacto con la piel aún caliente de las sábanas. Humeantes desayunos preparados sobre la mesa del comedor. Pequeñas sonrisas en labios rosados. Detalles que pueden pasar desapercibidos, pero si te fijas en ellos puedes sonreír un poco.
El gélido invierno está aquí dispuesto a dar lo mejor de él durante su estación. El reloj marca las seis en punto, no sé cuanto tiempo llevo en este banco sentada observando; intentando olvidar mis recuerdos, la mía no ha sido una vida fácil. Me aferro con uñas y dientes a la esperanza de un futuro mejor a sabiendas que la voz de mi cabeza me grita que no vendrá, que no valgo nada; sintiéndome un cero a la izquierda.
Así la frialdad primero congela mi cuerpo, más tarde cala mis huesos, cristalizándolos; prohibiéndoles el movimiento para finalmente helar mi interior dejándome fría como una estatua de mármol, convirtiendo a mi corazón en un trozo de nieve incapaz de sentir nada... Experimentando ser de hielo, afligida por la tristeza es entonces cuando clavas la mirada en el horizonte buscando una razón para seguir...
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