miércoles, 18 de septiembre de 2013

En compañías peligrosas.

El brillante acero se hundió en su carne, desgarrando sus tejidos, llevándose por delante sus músculos. Fue inevitable que la punta se colara entre sus costillas para finalmente clavarse en su palpitante corazón. La asesina retorció el puñal dentro del pecho de su víctima, que tenía los ojos con un aire de súplica. Se quedó sin aliento de la sorpresa, ella había sido sigilosa como un gato que se desliza por la ciudad dormida. Su gélida mirada se había clavado en su pupila, sin ningún ápice de compasión, no había rastro de lástima. Su víctima había mirado esa noche directamente a la muerte, una muerte disfrazada de dama. 
Se alejó de aquel lugar; dejando el cuerpo inerte en un callejón encharcado de sangre escarlata, y, con pasos ligeros se movió a su siguiente destino, puñal en mano mientras se limpiaba los restos de sangre que le quedaban.

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