viernes, 6 de septiembre de 2013

Suave ronroneo de los motores.

Se alza el avión, sientes la presión contra tu pecho, sientes como se taponan tus oídos, pero la mejor sensación es el cosquilleo que acompaña a todo tu cuerpo. Sube, avanza, acelera, no para, gira y te deslizas un poco a ese lado, no puedes impedir relajarte, dejarte llevar por esa embriagadora sensación. Amas volar y lo que ello conlleva, viajar, conocer lugares y costumbres nuevas, descubrir otro mundo lleno de cosas maravillosas. Andas, recorres la ciudad de cabo a rabo, visitas todo lo que puedes y más, sacas miles de fotos, obtienes miles de recuerdos. Pero no nos desviemos; porque también te encanta volar ya que te sientes libres, porque por unos instantes sientes que todos tus problemas han desaparecido y con ellos tus preocupaciones. ¿A quién no le gusta ver por la ventanilla  el manto de esponjosas nubes que parecen comestibles? Sin embargo la sensación termina, el viaje se acaba, no puede ser para siempre, tienes que volver a la realidad, tienes que hacer cuenta con los problemas y las obligaciones, tu sueño llega a su fin, te quedará un regusto agridulce pero sabroso al mismo tiempo. Se acaba tu libertad. El avión va a aterrizar, sentirás por última vez ese asombroso cosquilleo, los frenos del avión, y, cuando salgas del aeropuerto acompañada de tu equipaje tendrás que sobrevivir y disfrutar de la jungla llena de enemigos y amigos llamada vida. 


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